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19/01/2023

LA PRINCESA Y EL TROVADOR. Cuento original.


Había una vez, hace muchos años, o así me lo parece, una princesa que vivía en un castillo del que nunca salía pues la gran fidelidad que profesaba a su esposo y rey se lo impedía, sólo alguna vez, de cuando en cuando, salía afuera, respiraba profundamente y aprisa se volvía a encerrar. Así era sentirse feliz.

 

 Pero, amigas y amigos, un día andaba por el reino un juglar que, además de las gestas y sucesos de los pueblos, cantaba un sueño, que las gentes escuchaban con atención, en el que había conocido a una joven princesa, bella como ninguna otra, de la que Morfeo le había advertido el mensaje que le transmitieron los dioses sobre que la iba a conocer pero que nunca podría ser suya aunque gracias a ella ascendería y podría convertirse en trovador. Conocería a la bella princesa pero estaría vetada para él.

Desde su sueño, el juglar, en cada población que recorrería contando las aventuras de los héroes permanecía pendiente y atento por encontrar a su princesa. Un día en uno de sus viajes llegó al pueblo de su conocida y desconocida dama. La dama escuchó los cantos y por curiosidad se asomó a su ventana de la torre principal del castillo del reino, la distinguida torre que ocupaba. El cantor, lira en mano, cantaba y cantaba… y en su observar de todos los lugares vio la sombra que el sol proyectaba de la dama a través de la ventana. Miró arriba y allí estaba la que de inmediato reconoció, revivió su sueño en un instante, era la bella mujer de su onírico recuerdo cuya imagen tenía presente en cada segundo que había estado transcurriendo después de tan hermoso sueño, tan bella, si no más, que en el sueño en el que la conoció.

Pensó que si los dioses le habían permitido que la encontrara debería esforzarse y cantarle, por amor a ella, versos y músicas como un trovador que no como un juglar. Corriendo fue, como suelen ocurrir estas cosas para que los hechizos no se rompan, a acercarse a los pies de su ventana y le cantó lo primero que le salió de su corazón para de esa manera abordar el tan deseado contacto con ella. Le cantaba que la había estado buscando desde que la conoció en su sueño mientras la princesa trataba de saber qué persona era aquella que aún no conocía pero que presentía que deseaba relacionarse con su corazón. La princesa seguía con su curiosidad porque nunca había tenido la visita de un juglar, ni tampoco de un trovador, que le rondara en la vida que ahora tenía. El juglar recién convertido en trovador y poeta no sabía qué más hacer pues le tenía confundido la realidad de su sueño, él sabía que ella era su objetivo mientras que ella seguía queriendo averiguar porque aquel poeta le dedicaba sus canciones. La princesa estaba confusa, y aún más al entender que el trovador deseaba estar a su vera.

En la mañana siguiente camino tomó el trovador para ir a ver a su soñada princesa que al oírlo presta se acercó a la ventana mientras peinaba sus oscuros y ondulados cabellos mirándose en el espejo que portaba en sus manos, iba cobrando fuerza su curiosidad por aquel trovador que con tanta insistencia la visitaba. Escuchó sus canciones y tras ello le obsequió con una sonrisa de la que sus sensuales labios y su mirada profunda eran transmisores de la inmensa plenitud de su alma. El trovador tuvo momentos para dirigirse a ella, sin cánticos, y mantener unas pocas conversaciones que le enseñaron cuán diferente, inteligente y preparada era quedando enamorado plenamente de ella, como así intuyó desde su sueño, pues la estaba viendo como su complemento perfecto teniendo que sumarle además su belleza, la blanca aura que la rodeaba, la limpieza de su sonrisa y el brillar de sus ojos. Con todo, su corazón se aceleraba al tiempo que se reposaba ante tal serena hermosura. Siguió trovándole el trovador, día tras día, buscando él en su ilusión un inexistente resquicio por donde la princesa pudiese quedar libre. El poeta trovador le ofreció cuanto tenía, cuanto deseara y un futuro lleno de felicidad mas la princesa sólo escuchaba, reía, se sentía feliz, alegre y contenta, pero nada de todo ello estaba en situación de poder aceptar.

Tanto le trovó que se acostumbraron ambos el uno al otro, un día tras otro. En sus trovas le daba a saber que no estuvo perdiendo sus días permitiendo que quedase encerrada en un castillo, al que la habían traído los acontecimientos que habían construido su camino antes de que él conociera ni siquiera su existencia porque de haberlo hecho hubiese sido un paladín, no un trovador, que lanza en mano montado en su corcel hubiese salido valientemente a rescatarla de los brazos del desalmado que se atrevió a raptarla con engañosas palabras de amor. En las trovas le cantó cómo la conoció, de modo inesperado, sin saber cómo, sin saber por qué, en un bonito sueño de un desconocido y mágico lugar dirigido por dioses encargados de reunir a mujeres y hombres afines aunque un tercer dios tendría que estar decidiendo si era posible que aquellas almas que las  otras dos deidades querían unir tenían fuera del sueño alguna posibilidad de hacerlo. Porque los sueños son una vida paralela, son una vida real con una gran muralla separadora de la otra.

El trovador, luchando contra el destino, siguió trovando con ilusión pero llegó el momento en que la princesa ya no sabía cómo más decirle que lo que el trovador perseguía no podía ser, era imposible, pues por muy bonito y mágico que todo fuese y pareciese era mucho lo que había estado creciendo tras ella a lo largo de toda su vida. El trovador, aunque lo veía, hacía como que no, como que era un plano distinto de sus existencias, que era algo que no tenía por qué entremezclarse entre ellos y su vida actual, que ésta era una nueva vida, que quizá podrían estar viviendo dos vidas en paralelo sin llegar a converger en momento ninguno. El poeta trovador soñaba y soñaba. La princesa le entendía pero con sus actos, olvidos y silencios le repetía una y otra vez que era todo un sueño, que la realidad no era esa y que el sueño no podía crecer hasta convertirse en un mal sueño.

El trovador tuvo que aceptar y claudicar ante lo que ya sabía, que los dioses le habían encaminado demasiado tarde, pero la buena de la bella princesa quiso premiar al trovador por todo lo que por ella sentía, prometía, trovaba y se desvivía, con un beso, porque sabía ella que hay besos que no son de traición, que son de otra cosa, que están construidos con otra materia del alma, que ella que lo da sabe lo que siente su corazón por el bien que le está haciendo al trovador y éste, sin otras vías posibles, sin tener más alternativas, se siente más cerca de su princesa porque eso es, que no poco, a lo que puede aspirar.

De su almena colgaba un pendón del que su princesa le decía que se cogiera y por el trepara cuando estuviera muy necesitado de uno de sus besos pero el trovador, aprovechando la magia de los cuentos y con el bien parecer de su princesa decidió que podía transformarse en esos momentos en un hermoso pájaro de suave plumaje y coloridas alas y volar hasta la almena en donde la princesa le abría la ventana para que se posase sobre sus manos. La princesa lo acariciaba con mucho cariño y pena viéndole sufrir por ella como pájaro herido a la vez que con sus dulces y cálidos labios depositaba en él un beso.

Y el trovador siguió trovando y rondando a su princesa por mucho tiempo sintiéndose como un jovencillo al que por primera vez una flecha hubiera atravesado el corazón, tiempo en lo que nada cambió aunque momentos hubo en que él desesperaba pero ella le sabía devolver a la realidad. Y así siguieron siendo ambos felices, el poeta trovador sintiéndola cerca y viendo como en ocasiones a la princesa se le reblandecía la expresión de su aura, a veces roja, a veces amarilla, mientras le pasaba a verde al esbozarse en su rostro una ligera pero profunda y hermosa sonrisa al tiempo que las estrellas de los cielos morían de celos ante el brillo de sus ojos.

Y ella, la bella princesa, que sabía y conocía la realidad de la vida y de las penas que vienen a traer afectos tan grandes cuando no pueden ser correspondidos fue pasiva y discretamente creando silencios y espaciando las apariciones en su ventana, poco a poco, despacio, que no le hicieran excesivo daño al trovador sabiendo que igualmente alguno le llegaría pero tendría que disipar cualquier duda en cuanto a que ella, la princesa, aun sintiéndose halagada, no entraría en lo que saliera fuera de su verdadera realidad y de esta manera fuese aceptando el poeta que el mensaje de los dioses también fue verdadero, que la conocería, que le marcaría para siempre y que le iba a estar vetada.

La inteligencia y fortaleza de la princesa fue acabando con el eje de este cuentecito de la princesa y el trovador aunque si lo veía que se encontraba en exceso afectado tenía unas palabras, unos gestos, unas sonrisas y también, cómo no, un cariñoso beso para él.

Y así continuaron los tiempos llenos de afecto del uno y del otro pero fuera ya de este cuento con cuyo final fueron ambos felices mientras el trovador meditaba sobre la crueldad de los dioses pero que aún a pesar de ello les cantaba por haber puesto a tan bella princesa en su camino.

Original de Guillermo Piquer - abril 2021


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