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27/01/2023

UNA INESPERADA LOVE STORY (3 de 4)

 


Estimado lector: Este es un relato imaginario de amor en el que cualquier parecido con alguna vida real será pura casualidad


Cuántas veces me pregunté en voz alta a mi mismo y también en su presencia: -Y porqué no fue?, porqué no pudo ser?, qué hice tan mal como para merecer el castigo de que no viviéramos esta existencia nuestra juntos?. Cientos de veces me lo pregunté, ella podría dar fe de esa tortura que yo me infligía y soportaba.


Me pregunto a veces qué sentirá una mujer al sentirse tan intensamente amada y en un momento tan inusual de la vida, tan intensamente como nunca hubiera pasado por su imaginación.


A lo largo del tiempo fuimos disfrutando de pequeñas cosas de amor con las que nos sentíamos identificados, contentos y felices como cualesquiera jovencillos que acababan de sentirse atravesados los corazones por una primeriza flecha de Cupido. Almas gemelas me decía que éramos. La mimaba cuanto sabía y podía sabiendo que todo aquello tendría un final. También la llevé de viaje a lujosos lugares, verdaderos empíreos paradisíacos con los que soñamos todos, como el de la primavera de ese año. Esa noche la llevé a Montecarlo, Mónaco. Lo primerito de todo, aprovechando que la mayoría de comercios están abiertos a cualquier hora, fue irnos de compras. Le compré a su elección, preciosos vestidos perfectos para el lujo que íbamos a disfrutar, tan elegantes eran que luciéndolos provocaba el silencio de todas las refinadas damas que con nosotros se cruzaban, sólo observábamos miradas furtivas y cuchicheos en donde ella entraba cogida de mi brazo cual una destacada princesa mientras se preguntaban quién sería semejante belleza que de manera tan incuestionable las eclipsaba. Junto al Casino, en el hotel París-Montecarlo, ocupamos mesa en restaurantes de ensueño, como el María Callas, construído adrede por los deseos de la famosa de cenar desde donde se estuvieran divisando tres países al mismo tiempo, también en el galardonado Michelin Luis XV con platos inspirados en la Riviera Francesa en el que tomamos unas exquisiteces de aperitivos para pasarnos luego a cenar al María Callas. Aquí tuvimos un camarero asignado fijo a nuestro servicio, siempre a tres pasos de distancia de nosotros preparado para atendernos, y otros dos que eran quienes traían y llevaban las viandas. No supimos decidir cuáles de los camareros, si los del primer restaurante o los del segundo, vestían más pulcros y elegantes. En fin, nos deleitamos en los que mi princesa había ido eligiendo con su buen parecer, tanto en el uno como en el otro, de su inimaginable cocina internacional.


Acabados de cenar acompañé a mi querida dama a nuestra suite para que estrenara otro de los vestidos que habíamos comprado para nuestra estancia, esta vez para visitar el Casino. A mi me hizo ponerme el esmoquin que me aconsejó cuando salimos de tiendas para sus vestidos, esmoquin negro, pañuelo rojo a juego con su vestido, camisa blanca y pajarita negra, gusto y muchos conocimientos tiene mi princesa para el glamour y la elegancia. Se miró ante el ahumado espejo que cubría una de las paredes de la suite se dio una vuelta, otra, se miró por delante, se miró por detrás, vio que le estaba perfecto, vio que mis ojos se salían de sus órbitas contemplando tan exquisita belleza, vio que los zapatos de tacón de aguja, no recuerdo bien si rojos o negros, eran la combinación perfecta, y decidió que estábamos listos para bajar. Bajamos al Casino que justo era en el edificio de al lado y entre las tragaperras, la ruleta y las mesas de blackjack disfrutamos de perder dinero, como es natural, con el placer de estar en tan emblemático lugar mientras ella causaba sensación en cualquier juego al que nos acercáramos. Algo más tarde decidimos apartarnos de aquel selecto bullicio para sentirnos solos con nosotros mismos, disfrutando de estar juntos el uno con el otro bajo las estrellas en tan perfecta noche.


Luciendo el hermoso vestido de noche largo, con ligera cola, rojo, con un hombro al descubierto, atrevida abertura en una pierna y ceñida su cintura estaba impresionante, destacaba su escultural figura de diosa transformada en mujer, tanto que siendo yo pintor, si lo fuese, le daría lo que me pidiese para tenerla posando como modelo y llevarla a mis cuadros.  Nos estuvimos paseando por aquellos pantalanes que se adentraban en el mar de tan suntuoso puerto repleto de lujosos y millonarios yates. Mientras, la luz de la Luna nos seguía, temblando y flotando sobre las plateadas y tranquilas aguas de un mar en calma.


-Una flor para la dama? preguntó un ambulante al vernos, y sobre una mesita de la suite Princesa Grace que ella había elegido de nuestro hotel pasó la noche la roja rosa sin desdecirse del entorno.


Como anécdota, cuando le pedí que eligiera habitación, me dijo:

-¿Podemos elegir esta suite o me he pasado? -Me reí, has elegido la mejor y más famosa del hotel que siempre la tienen reservada los de los petrodólares que vienen a Mónaco, se la disputan, pero por no se qué casualidad está libre para esta noche y nos la cogemos, vale?, por cierto, cariño, tendrás que hurgar en tu bolso para ver cómo haremos para poder volver a casa. Nos reímos, no tiene mal gusto mi chica, es un amor de mujer.


Fue, de toda nuestra bonita historia, la única noche en la que en aquella suite vivimos como dos locos enamorados deseando disfrutar con desbordada pasión el uno del otro. Unas caricias llenas de amor desembocaron en lo que nuestras almas estaban pidiendo a gritos. Hímero, hijo de Afrodita, dios del deseo, se sintió empequeñecido viendo la secuencia de imágenes que contemplaba sobre aquel gran lecho, mientras Afrodita, su madre, moría de celos observando a la hermosa mujer que yacía sobre la cama. Fue una noche frenética de deseos consumados hasta que con la claridad del nuevo día caímos exhaustos cada uno en los brazos del otro tras habernos hecho lo más felices que supimos en aquella inmensa cama de tan gigantesca suite, lo habíamos estado deseando, nuestras almas lo habían estado pidiendo a voces, lo necesitábamos, fuimos intensamente felices como nunca antes, como nunca hubiéramos imaginado, fue todo ello una pura y preciosa manifestación de nuestro amor.


Por los inmensos ventanales de nuestra suite empezaron a entrar rasantes los primeros rayos de sol pero no importaba, nos quedamos tirados desnudos en la cama hasta media mañana cogidos de la mano esperando a que nuestras almas fueran tomando posesión de sus cuerpos. Dos grandes besos de amor nos dimos el uno al otro recordando la noche pasada antes de meternos bajo deliciosas duchas.


En el antes y en el después de la situación relatada la respeté, siempre, siempre la respeté, en todo momento, pensé que sólo tocar con un dedo su piel era profanar a una diosa, era tan bella. Algunas veces la tenía frente a mí y, disfrutando de observar su belleza y oir su preciosa voz, mientras me hablaba le apartaba delicadamente de su cara alguna de las rizadas mechas de su cabello. Le cogí una de sus manos y acercándola a mis labios le inyecté y transmití mis sentimientos con un beso, le pedí con un gesto la otra y me la ofreció para recibir la misma muestra de amor.


-Estoy en la cafetería de tal calle, te apetece tomarte un café conmigo?, me dijo. -Pues naturalmente que sí, ahora mismo voy. Y sentado enfrente de ella moría de felicidad por estar juntos mientras la oía contarme lo bonito que había sido un viaje del que acababa de regresar.


El mayor y mejor regalo que ella me dio, que de ella nació, y que no hubiera podido pagarse ni con todo el oro del mundo, fue un fuerte abrazo, cuerpo con cuerpo, lleno de amor y maravillosas vibraciones que duró, o así me lo pareció, la milésima parte de un segundo en el que llené de besos con desespero su rostro y su cabello al tiempo que le repetía mil y una veces lo bonita que era. Un abrazo que estará con nosotros para siempre, jamás sentí uno igual, me estremecí al sentirlo, me estremezco al recordarlo, venía de una diosa, de mi diosa, de la mujer más bella que nunca conocí, deseo que el cielo se parezca al menos a sus abrazos.


También le regalé o consentí algo que a nadie se lo hubiera hecho pero que a ella le estaba haciendo ilusión mientras yo disfrutaba de ver cómo cumplía su deseo y se sentía reina de la carretera.


Como si de un juego se tratara había quedado establecido que el precio de los obsequios sería recibir un beso de aquellos preciosos, carnosos, sensuales, sonrosados labios por cada regalo. Se fueron acumulando las deudas de besos en nuestro trato, beso por regalo, y la cuenta aumentaba, la cuenta no paraba, pero con uno sólo de los que me dio con aquellos sus maravillosos labios sobre mi mejilla, el más sensual y que reunía más sentimientos, quedó satisfactoriamente saldada toda la cuenta.   -Que te voy a pintar la mejilla, me dijo. -No importa, mi niña preciosa, hazlo, no pondré resistencia, márcame como si de una posesión tuya se tratara, como se marca a los potrillos  que son de uno.


Me presentó a una amiga, amiga de la Vida1, y sentí que le caí bien, que le cayó bien mi relación con ella que no se con qué profundidad conocía, pero de la que con toda seguridad vislumbraba o era conocedora. -Me gustaría también que pasaras a conocer a otra amiga, yo te digo dónde. No fue lo mismo, ya de entrada la sensibilidad de mi radar anímico la rechazaba y así siguió siendo hasta que me marché de la visita pues percibí en ella una mezcla de celos o envidia hacia esa maravillosa nueva vida, como salida de un cuento de hadas, que estaba viviendo su amiga conmigo. No obstante no iba a ser yo quien pusiera a mi amor en contra de su amiga y le dije sin esmerarme demasiado que bueno, pues bien la chica.


Aquellos días que eran entre los primeros y más ilusionantes  de esa nuestra relación por ambos aceptada y en la que los dos estábamos inmersos tenía yo la clarividente sospecha de que había comunicado y compartido la nueva e inesperada situación acaecida en su vida con la única persona en la que ella se descansaría y confiaría dentro de su familia y que sería capaz de comprenderla y alegrarse de verla tan querida y feliz, siempre pensando que ello no permitiese que interfiriera en su vida familiar.


-Por favor, cariño, -le decía- dime a ver cuando es más fácil que pudieras disponer a lo largo del día de tres minutitos para mi de vez en cuando.

-No me es posible saber cuando puedo disponer de esos tres minutos que me pides, ahora, o más tarde, o mañana, o pasado, porque en ningún momento puedo conocer cuando estaré libre o menos ocupada, lo comprendes?

Mi alma pataleaba.

Una inesperada Love Story. Por Guillermo Piquer. Navidades 2022