De cuando en cuando me mira, no me habla sólo me mira, y me dice con su mirada hacia dónde quiere que vayamos. Algunas veces trato de complacerle y otras no tanto. Y hoy, mientras paseábamos, me arrastró desde el cordón de plata que parece que le una a mí hacia mi banco de mi jardín. Había olfateado que algo o alguien había allí que me interesaría.
Cierto, ciertamente en el banco de mis conversaciones con nadie teníamos sentado a un señor al que el peso de la vida le había ido encorvando su cuerpo y que meditaba en voz alta.
Otra vez se volvió y me miró, esta vez a través de la profundidad de sus ojos le leí una especie de expresión de que me lo había acertado. Me incliné y le dí unas palmaditas en su fuerte cuello dándole las gracias y él movió con satisfacción su cola.
Nos acercamos y me senté en mi banco, esta vez ya en parte ocupado, pero daba lo mismo, era mi banco en el que me sentaba casi diariamente aprovechando para meditar…
Aquel señor, que le llamaré amigo por hacer la cosa menos formal, seguía hablando, no se con quién pero hablando… por momentos guardaba silencio, quizá esperando la respuesta de un interlocutor imaginario, y continuaba. Al poco de haberme sentado me convirtió en su contertulio hijo, al menos hijo me llamaba, y me estuvo contando ráfagas de nuestra vida y cómo mi llegada cambió nuestra vida familiar, porque eran tiempos difíciles, aunque, afortunadamente estaba la tía Vicenta que se encargaba de mí cuando diariamente tanto él como su esposa se iban al trabajo, ella en una empresa de naranjas y él en el puerto, en donde los barcos venidos de muchos lugares de Europa cargaban nuestra preciada mercancía. Todo aquí, en el que fue un rico pueblo agrícola, rodaba alrededor de la fruta hija del azahar. Yo sólo escuchaba, mi amigo pasaba de unas cosas a otras con gran facilidad sin necesidad de conducirle. Ví que, como el resto de humanos, mi amigo también había tenido y tenía una historia, su vida llena, como todas las demás, de alegrías y tristezas, de penas y glorias, de satisfacciones y sinsabores.
Mi desconocido amigo, que me había ido abriendo trozos de su vida y de su corazón, por momentos, a medida que iba entrando en otro relato, el del camino hacia su soledad, se iba entristeciendo.
Miré a Sultán, mi Beagle inseparable, y con un pequeño gesto que él entendió empezamos a retirarnos, no hacía falta despedirme, yo seguía estando allí tanto como antes de llegar… el señor seguía contando sus cosas. Ya a unos metros del lugar Sultán me miró, me preguntó ¿sigo?... y con un pequeño movimiento del cordón que nos une le confirmé que nos íbamos…
A una distancia giré la cabeza para ver al anciano. Seguía contando cosas y yo me pregunté si le habría hecho bien que me sentara a su lado.
Saludos desde mi jardín.
Guillermo Piquer. Marzo 2015.
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